Incursión vasconavarra
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Cuando Nietzsche decretó la muerte de Dios, escribía Maragall, no sin reservas, que "en un país moderno y civilizado no hay más allá". Poco moderna y poco civilizada debía de ser la Italia del Renacimiento para que Lorenzo el Magnífico dijera que todo el que no cree en la vida eterna es un muerto en vida. Nosotros estamos más cerca, cronológicamente por lo pronto, de la Barcelona de la Semana Trágica que de la Florencia del Renacimiento, y será por eso por lo que estamos tan orgullosos de nuestra modernidad y de nuestra civilización. Si Occidente no se creyera superior no habría instituciones como el Tribunal Penal Internacional, por ejemplo, ante el que han de comparecer todos cuantos infringen los mandamientos de la Modernidad. Ahora bien, sale un político y dice las mismas cosas que vienen diciendo Paz, Popper, Finkielkraut, Fukuyama y otros, y todos sus congéneres a una se rasgan las togas pretextas. Todo buen progresista mira, en el mejor de los casos, por encima del hombro a todos aquellos que aún creen en el más allá. Entre los méritos que exhibe el Tribunal Constitucional alemán al conmemorar su medio de siglo de existencia están el de haber legalizado el aborto y hecho retirar el crucifijo de las escuelas. Decía Baroja que no le perdonaba a Truman que hubiera tirado la bomba atómica en Nagasaki pudiéndola haber tirado en Pamplona. Tampoco yo le perdono al suizo Laibacher que hiciera en Zug – ametrallar al concejo municipal en pleno - lo que podía muy bien haber hecho en Karlsruhe.

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Escribe don Luis Suárez Avila en el Diario de Cádiz
Con la ola de laicismo, se nos han colado los sucedáneos de sacramentos –more civil--, y la reconversión mimetista del dogma de la comunión de los Santos. Pero, claro, todo en versión hortera, bilingüe, feista y repugnante. La víspera del Día de Todos los Santos, los niñatos y niñatas se disfrazan de muertos y nos hacen creer que esa noche es la puerta que separa el mundo de los vivos del de los difuntos y que los difuntos vagarán por las calles de los pueblos donde vivieron. Solamente poniendo una vela por difunto que hubiera habido en una casa, los espíritus no molestarán a sus habitantes. O sea, una majadería. Mucho más fundamento tenían, cuando yo era chico, aquellos fantasmas que tenían aterrados a los vecinos de ciertas calles. A los que los vieron, se les oyó relatar que tenían en la cabeza una calabaza con cara humana y que por los ojos, la nariz y la boca tenían luz. El resto del cuerpo era una sábana y algunos hasta llevaban cadenas atadas a los pies. Famoso fue uno que aparecía, una noche sí y la otra también, por la calle Durango. A mí me lo contaba la tata Antonia. La verdad es que era una manera de espantar a la gente para dar vía libre a tal cual amante que tenía su querida, de modo discreto, en esa calle. Lo de postín era tener la querida en Puerto ¨Real, villa a la que las burladas esposas portuenses llamaban “refugium peccatorum”. Se ha dado en llamar góticos a los siniestros niñatos y niñatas que usan atuendos funerarios y hasta llevan en la mochila un ataúd. Góticos, en cierto sentido, los ha habido siempre. Un gótico, atípico e impropio, fue Angelito Martínez, el autor de los muñequitos de Nacimiento, que había construido su ataúd y lo tenía debajo de la cama. Otro, Don Daniel Martínez García, el erudito montañés, propietario del Almacén del Cañón, en la esquina de la calle Vicario y Ganado, que se labró su tumba en el Cementerio campal de Santa Cruz de esta Ciudad y puso en su lápida, donde todos ponen “tu viuda y tus hijos no te olvidan”, como era soltero y sin familia, la palabra “ÉL”. Es decir que él mismo no se olvidaba de sí. A quienes tengan la curiosidad de comprobarlo, les diré que está su tumba, entrando, a la izquierda del primer patio, escrita su lápida, como no podía ser de otro modo, en letra gótica. Un gótico actual es nada menos que el Presidente del Gobierno, aficionado a abrir tumbas, y, sobre todo, heridas cicatrizadas. Por cierto que me pregunto, en estas fechas, conociendo la indumentaria normal de las niñas de Zapatero para las recepciones oficiales en la Casa Blanca, cómo se habrán disfrazado para la noche de Halloween. Pues para dar miedo al miedo, me dicen.
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